IKER ORTEGA
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Nací en un hogar donde la fuerza no se enseñaba con palabras, sino con ejemplo.
Mi madre se levantaba cada día antes del amanecer para trabajar y nunca se quejaba.
De ella aprendí que la constancia es el arma más poderosa.
Cada vez que caigo, escucho su voz diciéndome que me ponga de pie.
Por eso llevo un espíritu guerrero: porque crecí viendo que rendirse nunca fue una opción.




